Olivia Vidal López nos escribe, después de su estancia en Elche y en el Festival Internacional de la Oralidad

17 marzo 2010

El 16 de marzo de 2010 20:13, Olivia Vidal <oliviavidal@gmail.com> escribió:

De puentes y otros vínculos
México-España-2010

Estoy a doce mil metros de la tierra y me muevo a seiscientos kilómetros por hora, en medio de cincuenta y tres grados bajo cero. Creí que era suficiente altura y velocidad para que mi cabeza estuviera fría; para establecer la distancia necesaria de una experiencia única, pero no, descubro con mucha emoción que sigo volando por fuera y por dentro.

Mi corazón acaba de pasar por un proceso intenso y se fue desdoblando poco a poco, como las carreteras; abriendo más carriles que, al mismo tiempo, conformaron los cimientos de un puente firme que cruza el Atlántico de ida y vuelta. El pavimento es de la más alta calidad porque está hecho de cariño entrañable, disfrute sencillo, miles de risas espontáneas, confianza, respeto, generosidad, aprendizaje, besos, abrazos, sorpresas hermosas, entrega fraternal y amigos: los de siempre y los nuevos, los que da mucho gusto estrenar.

Simplemente puedo decir que no hubo ningún tránsito: la integración fue inmediata y me sentí, en todas las casas que me abrieron sus puertas, igual de feliz y plena que en la mía.

Las palabras fluían a torrentes, contentas de salir a pasear, y formaban historias absolutamente propias: describieron momentos, situaciones y emociones que, en el fondo, hablaban de mi; de lo que he sido, soy, y probablemente seré. Una colección de espejos colocados estratégicamente por la vida, fue reflejando despacito mis orígenes, mientras dos preguntas se repetían una y otra vez en mi cabeza: de dónde vienes y a dónde vas.

El sonido de nuestras voces hablando produjo una infinidad de chispas de colores; polvo de estrellas que flotaba en el aire de las calles: jamás me sentí tan acompañada de los que nos faltan en carne, pero no en espíritu. Evocarlos, vivirlos de nuevo, dejando que nos acariciaran con todo el amor que nos dieron, con lo mejor que nos heredaron: su ejemplo, sus ideas, sus convicciones y calidad humana; seres extraordinarios que nos marcaron para siempre y que felices se posaban entre nosotros cada vez que los sacábamos de la memoria, de nuestra memoria común; de nuestra historia íntima.

La convivencia entre los recuerdos y las vivencias inmediatas fue perfecta y formará, sin duda, una cadena de experiencias indeleble.

Todavía no se cómo agradecer la enorme entrega que vivimos y la posibilidad de disfrutar a cada persona que conocí, haciendo uso de la honestidad, el respeto y el cariño, valores comunes a mi familia y amigos, independientes de ideologías o preferencias.

Fue muy importante ir calzándome sin prisas los zapatos de los otros; los que se quedaron, los que vivieron años de atraso, represión e injusticias y que han sabido salir adelante, para orgullo infinito de los que estamos lejos. Valoro profundamente cada parte de esta historia dividida y común al mismo tiempo, dándome cuenta de que somos tan iguales como diferentes, lo que nos hace ser una gran familia circunstancialmente separada, pero sólidamente formada.

Son estas las lecciones que nos da la vida sin matricularnos, y nos las suelta así: detrás de cualquier esquina. Lo bueno es que es fácil sobreponerse al dolor, pensando que son el alimento para seguir creciendo, que al final es lo mejor de nuestras pequeñas existencias.

Tengo un problema ahora y es que no se muy bien cómo controlar mi lista de pendientes, completamente desbordada, y sólo se me ocurre pensar en el momento de volver a cruzar este hermoso puente para regresar a cumplirlos uno por uno y libreta en mano.

Lo único que les pido es que no me cobren por disfrutar, porque les garantizo que la bancarrota será absoluta.

Los quiero mucho y los querré siempre.

O

Una respuesta to “Olivia Vidal López nos escribe, después de su estancia en Elche y en el Festival Internacional de la Oralidad”

  1. mundodede said

    Hola Olivia,
    Me ha encantado tu carta y más todavía los sentimientos que desborda.
    No pudimos hablar mucho, Olivia. Aquella noche en Elche fue un poco loca y acabamos en sitios diferentes. Ni siquiera pude verme con tu hermana el último día que estuve en España, aunque hablamos por teléfono. En fin, seguro que otra vez será, si vuelves o me animo a ir a México, que es algo que tengo pendiente desde hace mucho.
    Hubiera querido hablar más contigo, precisamente de las raíces. Nuestros abuelos fueron íntimos amigos, hermanos (y no sólo hermanos masones). Arístides forma parte de mí y ni siquiera lo conocí, tendría que haber sucedido en aquel viaje que hicieron tus abuelos a Elche (¿fue el único?), yo seguramente era pequeño. Tengo su correspondencia con mi abuelo Nazario grabada en la memoria, su odisea de varios años por el norte de África y hasta Casablanca, en campos de trabajo, con sus zapatos destrozados, intentando una y otra vez embarcarse a México. Hasta que finalmente lo consiguió. Cuando llegué a esa carta en la que por fin consigue plaza en un barco fue como si yo mismo lo hubiera vivido, fue infinitamente mejor que cien finales felices de Hollywood.
    También llevo años queriendo transformar en un libro todas esas vivencias de nuestros abuelos. Empezó con una serie de entrevistas al gran Nazario, en el año 98. Al principio pretendían ser el germen para unas memorias, después pensé en hacer una biografía suya. Incluso estudié los cursos de doctorado de Historia. Últimamente tengo cada vez más claro que quiero convertir todo ese material (tengo varias cajas de documentación) en una novela. Me paso la vida dándole vueltas a pequeños detalles como por ejemplo cómo llamar a nuestros abuelos: ¿Aristóteles y Natalio? Todo se queda corto y ridículo cuando se trata de recrear la épica de sus vidas. Pero terminaré haciéndolo, sea como sea. Es el mejor legado que me ha dejado mi abuelo, siempre está a mi lado, está detrás de cada cosa que hago.
    Te mando un fortísimo abrazo,
    Andrés

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